Mi memoria Pop 2.0

Hacía tiempo ya que tenía ganas de hacer algo relacionado con el voluntariado, aportar mi granito de vida donde más lo necesitan, poder ayudar…y por fin me decidí a realizarlo en 2020.

Comencé en octubre o noviembre a buscar un destino, hasta que me topé con Sergio, una gran persona, que en todo momento me ha facilitado las cosas, porque, queramos o no,  los nervios nos acompañarán durante los primeros días.

¡Ah! Mi nombre es Rebeca García, procedo de España y esta es mi historia:

Ya se iba acercando el día y los nervios iban en aumento. Además, mi familia no ayudaba para calmarlos. ¡No sé cuántas listas hice, cuántos esquemas! Pensaba continuamente que se me olvidaba algo, que no iba bien preparada… Y llegó el gran día. Viajé, por fin, a Ciudad de Guatemala, empezaba mi gran aventura. El viaje fue un poquito largo, así que me dio tiempo a pensar mucho. Mi cabeza no dejaba de preguntarse “¿qué estoy haciendo?”.  En definitiva, me puse todavía más nerviosa.

Fue poner un pie en tierra y convertirme en un flan, estaba temblando, pero, a la vez, miraba todo con gran entusiasmo.

 

A Alba, la conductora de Uber que me recogió y que además me facilito el número por si algún voluntario lo necesitase de cara al futuro, le iba preguntando por todo. Era el último día de las fiestas navideñas y todavía se podían ver algunos adornos. Una de las cosas que le pregunté a Alba fue por qué los coches estaban completamente polarizados, quiénes eran esas personas con uniforme que se metían… y, para mi sorpresa, me dijo que regulaban el tráfico. De risa, porque el tráfico es una locura… jajaja. Pero mis nervios aumentaron cuando me dijo que el centro de Ciudad de Guatemala era muy peligroso, lo cual me pareció algo surrealista, puesto que los centros de las ciudades normalmente son seguros. Le dije que, por favor, no se fuera hasta que me dejase en la puerta del hotel, y, según nos íbamos acercando, pude comprobar de lo que me hablaba. Llegué al hotel y me abrió un señor con rifle. Fue tal el choque y el cúmulo de tensión, que, en cuanto cerré la puerta de la habitación, me puse a llorar. Pero, aunque estaba lejos, no estaba sola, y pude echar mano de las tecnologías para calmarme.

Al día siguiente, cogí el bus que me llevaría hasta la escuela, hasta POPTUN. Tenía todavía ocho horas más de viaje. Hicimos una parada en una especie de bar en el que todos se sentaban con todos a comer del mismo plato, muy de “estar por casa” para lo que estaba acostumbrada.

Y por fin, llegué al pueblo. Una de mis mayores preocupaciones era si sabría coger (o, incluso, sabría identificar) un “tutu”, pero fue muy fácil (creo que a veces nuestra mayor barrera somos nosotros mismos). Cuando me subí, había otra mujer en el interior. El conductor me preguntó que si no me importaría pasar antes por la estación de autobuses y, ¡claro!, le dije que no. Luego pensé:” ¡estás loca!”

Después de estas aventuras, llegué sin problemas a mi destino final, todo oscuro y con frío, porque se estaba yendo el invierno (solo tienen dos estaciones: invierno y verano). Me abrió la puerta mi compañero, luego me presento a Don Salvador, que es el fundador de la escuela y vive allí. Millones de preguntas se me pasaban por la cabeza para preguntarle y no se las podía hacer todas a la vez. Al día siguiente, conocí a los profesores y nos invitaron a irnos todos juntos de excursión. ¡Qué gran aventura! Fue una excursión de dos días, la mitad de los cuales la pasamos metidos en un minibús., pero, gracias a ese viaje a la antigua, conocí a los profesores e, incluso, tuve la oportunidad de hacer turismo.

En ese viaje la subdirectora me dijo: “Ya verás, cuando lleguen los patojos, no te aburrirás”.

Y así fue. Llegaron los primeros 15 días y fue…MÁGICO.

Todo era muy diferente a mi cultura, incluso las vidas que llevan los propios niños, que llevaban la vida que llevaría una persona de 30 años en España, cuando, en realidad, solo tienen 15. Sin embargo, aunque lleven otras vidas, no dejan de ser adolescentes y también se les nota la “edad del pavo”, supongo que una cosa no quita la otra.

Y comenzaron los primeros días de contacto y de aprendizaje. ¡De todo!: los patojos, la comida, el entorno, la gente, lavar a mano, la educación… y, además, cómo el papel de la mujer esta infravalorado, cómo le dan más importancia al trabajo que a los estudios, cómo los niños pequeños ya sostienen machetes… A todo ello se le sumaba el cambio de significado de las palabras, de hecho, cada clase era una aventura. Los españoles decimos mucho la palabra coger y para ellos es mantener relaciones sexuales… por poner un ejemplo. Así que imaginaos las risas que nos podíamos echar…

También empecé a tener contacto con las cocineras y las ayudaba a tortear o a moler el maíz, cosa que se hacía todos los días que había escuela.

La gente del pueblo siempre se nos quedaba mirando porque les resultábamos “raros“. Llevar piercings o tatuajes no es habitual allí, y un tatuaje esta mal visto. A pesar de ello, no tuve ningún inconveniente, y yo tengo varios.

Los otros 15 días que tenía libre me uní a otras voluntarias e hicimos turismo. Para ahorrarnos dinero, hicimos autostop y fue muy divertido, porque no tardamos tanto y, además, era la primera vez para todas. Durante los tres o cuatro días, conocimos a gente muy amable, nos dimos cuenta de cómo nosotros (los españoles) estamos deshumanizados. Y vimos cómo la gente, sin tener nada, te da todo: HUMANIZACIÖN.

Y llegó la segunda quincena, se acercaban ya mis últimos días. Además, en esos días, caía el día del cariño, San Valentín, y decidimos poner un buzón de cartas anónimas, en el que recibí cartitas que algunos de ellos me habían mandado. Si llegué llorando pensando que estaba loca, ahora me iba llorando también, pero de felicidad. Me pase tres días llorando.

 

Me hicieron una despedida y, tanto profesores como alumnos y no me olvidare de las voluntarias. me dedicaron unas palabras: “Gracias por dejar todo, tu país y familia y venirnos a ayudar. Le pedimos perdón si le hemos faltado al respeto, pero la queremos mucho. Si alguna vez has estado mala o has tenido un problema, nunca se te ha notado. Gracias, Rebeca”.

Llego la última noche y todos los profesores se ofrecieron a llevarme. Me llevó Sharon, y Marisol me estaría esperando en la parada. Los niños me ayudaron con todas las mochilas y bultos que llevaba, me cogieron del brazo y me acompañaron hasta el coche, me cantaron algunas compañeras… Ahora sí, tocaba el punto y final a esta gran aventura.

Llegar a España fue un choque de nuevo. Lo mejor es llegar al país y sumergirte en él. España y Guatemala. Vivimos en el mismo mundo, pero somos tan diferentes… El hecho de tener comodidades ya es un regalo de la vida, incluso las pequeñas, como echar el papel higiénico al wáter, ver los edificios altos desde la ventana, mi cama, una ducha caliente… fue como un milagro para mí. Ahora pienso qué ponerme para ir a… y allí me daba igual, no tenía NINGUNA PREOCUPACIÓN.

Sin duda una de mis mejores experiencias y mis mejores PROFESORES DE VIDA.

Rebeca García (Salamanca, España)

Abril 2020