‘Enseñando y aprendiendo en Ochoch Hik’eek’

Siempre es difícil comenzar a escribir un texto tratando de rescatar tantas experiencias y momentos vividos, tan intensos, tantas cosas que contar. Pero supongo que lo importante es empezar. Me llamo Sergio Cruz, soy de España y soy doble licenciado en Administración de Empresas y Comunicación Audiovisual, aunque siempre tuve vocación por enseñar.

Decidí embarcarme en la aventura guatemalteca después de haber visitado el país en 2012 y quedarme enamorado de Petén, Tikal, la cosmovisión maya y poder comprobar de primera mano las necesidades educativas del país. Así que desde España decidí buscar alguna organización puramente local, que no tratara de ser parte del negocio que se ha tornado la cooperación internacional, desde mi punto de vista, donde muchas organizaciones ofrecen ‘planes turísticos’ de ayuda que no dejan un impacto real en la comunidad local. Yo no quería eso, sino un voluntariado real, ser uno más, vivir en las mismas condiciones que mis compañeros locales y hacer algo que dejara huella, que no fuera simplemente pasajero.

Fue difícil a través de internet encontrarlos, pero una dirección de correo y varios mails bastaron para convencerme y comprarme un vuelo hacia Ochoch Hik’eek. En España me decían que estaba loco, ¿cómo me podía ir sin haber visto, ni hablado directamente con ninguna persona? Pero solo los locos alcanzan lo que se proponen. Mis pobres amigos y familia no se daban cuenta de que allí las cosas funcionan de forma diferente, cosas básicas como la comunicación cuestan, pueden ser una piedra grande en el camino.

En los nueve meses que estuve en el proyecto me sentí como uno más, desde el primer día los maestros y alumnos trataron de que me sintiera siempre cómodo y poco a poco llegué a ser uno más de la pequeña gran familia de Ochoch Hik’eek.

Con el paso de las semanas pude comprobar las serias dificultades económicas por las que atraviesa el proyecto, pero eso no desanima a los maestros para seguir adelante, para entregar su granito de arena a la educación de los jóvenes rurales del Petén. Creen en el proyecto y no quieren dejarlo caer. Las condiciones están creadas para que sea un proyecto de nivel digno de recibir ayudas internacionales: existen buenas instalaciones, buen equipo, sistema de trabajo y calidad de la enseñanza. Solo necesitan ayuda, personas que se encarguen de ser el altavoz, de decirle al mundo que están ahí y que existen para que puedan recibir la financiación que se merecen.

Durante mi estancia en la escuela apoyé en todo lo que pude, pero mis dos principales actividades fueron impartir la clase de inglés y crear las páginas web y de Facebook para que la escuela tuviera una imagen visible ante el mundo, con la idea de que más gente pueda ver lo que se está haciendo y poder recibir más manos amigas que quieran venir a colaborar. También estuve escribiendo un blog que puede servir a la gente a conocer el día a día de la escuela: http://pasandoatientas.blogspot.com.es/search/label/Relato

Desde el primer al último día estuve asombrado con la filosofía del proyecto. No solo se trata de introducir conocimientos en los alumnos, sino de hacer una educación transversal, de formar personas con valores, respeto y sentido crítico. En el sistema de trabajo de la escuela los estudiantes son los encargados de llevar a cabo las tareas de limpieza, alimentación y orden. Y me sorprende hasta el día de hoy ver cómo funciona sin apenas la intervención de los maestros, cómo ellos aprenden a organizarse, a coordinar comisiones y a ejecutar las labores.

Además de esto, me resultó muy fácil ser maestro gracias a las ganas de aprender de los estudiantes, que saben que están ante una gran oportunidad que muchos compañeros de sus comunidades no tienen. Pude sentirme útil, querido y motivado gracias a su interés. Tuvimos tiempo de trabajar y de disfrutar con películas y canciones en inglés.

También tuve la oportunidad de visitar las comunidades de algunos de los alumnos, de conocer su realidad, su vida cotidiana. Muchos de ellos viven sin luz ni agua corriente, las familias viven por y para el campo. Es una realidad muy alejada de la mía, pero allí pude aprender a ordeñar vacas, a desgranar frijol y maíz, a valorar la luz y el agua pura, aprender q’eqchi, tortear y degustar la rica comida, conversar con las familias y conocer de cerca las escuelas rurales. La vida que gozan allá en sus casas es pura, casi autosuficiente, pero existe mucha falta de oportunidades.

Aunque hay que adaptarse al ritmo y las condiciones de un país como Guatemala, donde las cosas más básicas no tienen por qué funcionar, poco a poco fui haciéndome guatemalteco, sintiéndome parte de allí y no me di cuenta hasta el último día, en el que todos mostraron su agradecimiento haciendo una fiesta de despedida muy emotiva y yo no me quería marchar.

Me fui sin creérmelo, sabiendo lo mucho que queda por hacer, dolido por abandonar a mi nueva familia, pero satisfecho de haber dejado allí parte de mi vida y de mi trabajo para ayudarles. Seguro que no será un adiós definitivo y que volveremos a encontrarnos en el camino.

Algunos de los jóvenes ya cantan canciones en inglés, otros saben publicar noticias en la web y todos tienen una ganas de aprender y una vitalidad grandísimas de las que yo también me contagié. Por eso, invito a que vayan allí a colaborar, a aportar sus habilidades para levantar y consolidar el proyecto para que pueda crecer y tender la mano a más estudiantes a luchar por su futuro.