Semillas que dejan huella

Es muy difícil poder explicar o tratar de plasmar esta experiencia. Son muchas las sensaciones, emociones y aprendizajes que me llevo de este pequeño paraíso guatemalteco.

No creo que las funciones desempañadas en la escuela o, mejor dicho, en la casa, sean de gran importancia. Ya sé, que todxs lxs que venimos como voluntarixs nos preocupamos por lo que queremos aportar.

Pero no se trata de eso. Después de unas semanas de ya haber finalizado el voluntariado de tres meses, la reflexión personal que me llevo es que eso de aportar no existe. Es un intercambio. Y hasta podría afirmar con total seguridad que yo me he llevado mucho más de lo que he aportado.

Este mágico lugar tiene personas que dedican cada día su tiempo y esfuerzo en una causa y derecho como es la educación; y en Guatemala, por desgracia, no está totalmente cubierta por las autoridades públicas. Pero, hay tantas ganas de dar, y lo que es aún mejor, ¡de recibir! Porque aquellxs a lxs que nos gusta ayudar, sabemos que no todo el mundo está listo para recibir o gestionar dicha ayuda. Puedo asegurar que aquí sí lo están.

Aun y con poco tiempo, he podido ver como cada semilla, que deja cada persona que pasa por Casa Esperanza, saca frutos en lxs estudiantes. Es increíble la capacidad que tienen y las ganas (aunque a veces no las muestren) de aprender.

Como bien dice el nombre, más que un instituto es realmente una casa, un hogar. Tanto profesores, como voluntarixs, patojos y patojas y, sobre todo, sus familias estarán siempre en mí. Durante tres meses tuve y siempre tendré familia guatemalteca.

B’antiox por todo lo dado y por aceptar lo que mi persona pudo aportar.