Pasos de viajera

En apariencia el acto de caminar es muy sencillo, un pie se coloca adelante, mientras el otro queda atrás y así sucesivamente uno logra echar andar sus pasos. Mas no olvidemos que en cada paso hay también una mirada, un paisaje, un recuerdo, una sonrisa, una historia, que se siguen con uno y complementan el aparentemente sencillo acto de caminar.

Hago correr el carrete de mi memoria  a fin de compartir sobre mi andar por Guatemala y al instante surge el recuerdo de los montes verdes, de los caminos de tierra, de las miradas, de las sonrisas, del sonido de la campana que anuncia las clases, estoy en Casa de la Esperanza – Asociación Civil Ochoch Hik’eek, donde alrededor de ochenta patojos me miran, se sonríen y me dan la bienvenida a su salón de clases diciéndome “buenos días seño.”

Yo les digo entonces, “por favor, no me digan seño, llámenme Arely.” A mi petición un chico responde, “no, seño, porque usted me enseña.” La respuesta me desconcierta y siento el encuentro de la mirada, hay un mutuo agradecimiento que no requiere palabras, sin embargo  respondo  “pero yo igual aprendo contigo, aprendo de ustedes.” El chico se sonríe.

Pocos logran llamarme por mi nombre, pero “El seño” ya no me parece lejano, por los pasillos escucho voces que me dicen “¿Cómo está seño?” “¡Seño una historia, una historia!” “¡Seño cuéntenos una historia!”

Cuento una historia y entonces el tiempo se detiene; mis escuchas se muestran atentos y complacidos en el viaje de imaginación, viven el sueño que las palabras cuentan.

Al finalizar, me preguntan ¿cómo sabe tantas historias? Y yo respondo que en realidad no sé muchas, lo que pasa es que me gusta leer y hablar con los abuelos, que me gusta platicar con la gente; entonces ellos me cuentan de su vida en las aldeas y nuevamente el tiempo se detiene y soy yo la que sueña con las palabras.

A veces el tiempo avanza tan rápido, tengo que correr, son las 7:30 am y la clase ya está por comenzar, es increíble que estos chicos se paren desde las 5:00 de la mañana, se bañen y se vayan a tortear (hacer tortillas de maíz a mano) y  que sigan con buen ánimo hasta la hora de talleres (7:30 pm) para que al finalizar vayan por fin a la cama a descansar de la intensa jornada.

Acompaño al maestro Julio,  dando algunas intervenciones en las clases de castellano e historia, pero ¿qué puedo decir? El maestro es una especie de enciclopedia andante, siempre se hace buena charla con él y los chicos están muy atentos y animados. La verdad, es que yo soy una alumna más en su clase y a mi cabeza se viene la presencia de Núñez de Balboa y sus expediciones en El Mar del Sur.

Llega entonces la oportunidad de compartir una historia, y narro las aventuras de Tajín y los siete truenos, una leyenda del pueblo totonaca y los chicos se transportan al Totonacapan y sienten ese sol quemante del norte del estado de Veracruz y sienten el aroma de la vainilla.

Más tarde, en el cuarto de los voluntarios, desayuno cereal, comparto leche o agua caliente para café y hablamos de las actividades programadas del día, de quién hará turno en la tiendita, de cómo estuvo la clase…

En la cocina Magdalena y Rita me prestan una olla para calentar agua y poder bañarme, con pena admito que a pesar de haber vivido en el campo, nunca hice fuego, y luego de batallar, por fin los palos se prenden y el agua se calienta.

Curioso también que siendo mexicana aprendiera en Poptún a hacer tortillas, en México, ya casi no hay tortillas de reales, de verdadero maíz…

El tiempo, tan voluble en su estar, se torna lento, muy lento y más allá de los preparativos del taller, queda oportunidad de degustar un chocobanano, aprender un poco de q’eqchí, de jugar fútbol, de ver danzas garífunas, de contar cuentos alrededor del fuego.

Tal vez no tuve oportunidad de conocer las aldeas, como me hubiera gustado, pero de algún modo estuve ahí, con las historias que los chicos me contaron de la Siguanaba, del Cadejo, de los sisismiscos, conocí el pueblo del Chal, de La Balsa del Jabalí, el Barrio Ticajal donde hay una cueva, conocida como Pek Paar, “La cueva del padre” donde llegó un sacerdote a evangelizar a los hombres y mujeres que vivían en ella y quienes se cuenta tenían la capacidad de convertirse en animales, coyotes, serpientes, golondrinas.

Aprendí que el nawal representa la concepción de la historia de tu vida, que ayuda a entender tu personalidad, y te permite reconocer tus fortalezas y debilidades.

Mi estancia en Ochoch Hik’eek, fue semillero de esperanza, además de lazo para conectar con la Academia de Lengua Maya de Guatemala, donde tuve oportunidad de conocer abuelos que me contaron de viva voz leyendas y rituales de siembra de Guatemala. También me dio la oportunidad de conocer y colaborar con Radio Ut’an Kaj, una radio comunitaria.

Cuando llegó la hora de decir julajch’ik (adiós), no hubo pena, el andar se había completado. Mis pasos estaban llenos de historias, de sonrisas, de recuerdos.

Sigo caminando, parece que soy una eterna viajera, el misterio del destino no se devela, pero hoy me detengo, no quiero avanzar, no puedo sin antes decir, bantiox por todas las historias, bantiox por compartir el camino.  Gracias.

 

Arely León Sánchez.

Veracruz, México