Tras dos semanas de intenso trabajo con nuestros patojos y patojas en la escuela, decidimos ir a conocer el hogar de Walter Lorenzo, un alumno del instituto reconocido por su simpatía y humanidad en el trato a sus compañeros. Al desconocer la ubicación exacta de la casa de Walter, la acción lógica que debimos seguir fue pedirle su dirección y teléfono previamente, lo cual no hicimos. Teníamos sólo 2 datos útiles para ubicar a Walter: que es hijo de un pastor evangélico  local, llamado Manuel Lorenzo y que vivía en el municipio de “El Chal”, comunidad pequeña según nuestro patojo.  A partir de esta información llegamos a El Chal alrededor de las 12 horas, asumiendo que ubicaríamos el hogar de Walter antes de la hora de almuerzo, lo cual fue nuestro segundo error. Recorrimos la comunidad por al menos 30 minutos sin dar con nuestro objetivo. “¿Conoce al pastor Manuel Lorenzo?”,”¿Ubica a un patojo llamado Walter Lorenzo, hijo del pastor?”, preguntas sin respuestas a personas que encontrábamos en la calle y nadie sabía darnos razón de dónde ubicar a esta familia.

                Ya frustradas por el calor y el cansancio, que estuvieron a punto de superarnos, apareció de repente una casa al lado de una iglesia evangélica de nombre familiar, por lo cual pensamos que habíamos encontrado finalmente la dichosa casa del pastor Manuel Lorenzo. Iniciamos entonces un «gritadero» lleno de energía y felicidad acercándonos al lugar: “¡Walter, Walter… Hemos llegado!”, para darnos cuenta que efectivamente NO ERA SU CASA. Sin embargo, un angelito fue el ­que topó con nosotros, una mujer encantadora con una familia maravillosa que nos brindó agua, comida, Internet y un teléfono para poder conseguir el contacto de Walter. Es en este punto que comprendimos que El Chal es un municipio muy grande, conformado por distintas comunidades y que Walter era de una aldea llamada “El Nuevo Paraíso”, ubicada aún a otras 2 horas desde donde estábamos en ese momento.

               Finalmente, y ya tras haber hablado con el pastor Lorenzo, llegamos a una gasolinera donde, en conjunto con su esposa, nos esperaban para llevarnos en su “pick up” hasta El Nuevo Paraíso. Haciendo honor a su nombre, esta aldea resultó ser de aquellos lugares que no te permite pestañear por la belleza del paisaje que acompaña en cada momento del camino. Un lugar adentrado en absoluta naturaleza, rodeado de montañas semejadas a jorobas, de la propia tierra y un río serpenteante que bañaba de armonía el ambiente. Colores muy intensos y un sol tenue nos cortejaron durante toda la hora de viaje. Realmente nunca habíamos estado más contentas de habernos visto envueltas en tantos errores.

Andrea La Jara

María Ganzaráin

Laura Alonzo

Liguita Montvilaite

(Voluntarias en el Instituto Ochoch Hik’eek)