Aprovechando el entorno que nos abraza día a día, en la clase de música se optó por salir de las aulas con los patojos y realizarla al aire libre en la cancha de fútbol,  que se dispersaron en el pasto como las hojas del otoño.

 

Los voluntarios, Mauricio de Argentina y Marina de Portugal junto con el profesor Héctor, en un trabajo en conjunto dinamizaron la clase, siendo más participativa e inclusiva para que sin dejar de aprender, puedan disfrutar de la música mientras relajaban el cuerpo y la mente.

Con diferentes técnicas los alumnos iban distinguiendo tipos de ritmos, instrumentos,  géneros, etc.  Siguiendo  con las manos iban marcando los compas de las canciones para luego hacerlo saltando o corriendo, distinguiendo así los  diferentes tiempos que duran las figuras del pentagrama como blancas, negras, corcheas.

Cerrando los ojos en una especie de yoga  se buscó  relajar el cuerpo y tranquilizar la mente  para empezar a distinguir los sonidos del abundante entorno, dueño de una exuberante vegetación, relacionando el sonido de las aves, el viento, los propios del lugar que en conjunto como diferentes notas musicales iban creando una infinita canción que muchas veces no llegamos a distinguir, para terminar escuchando el compas del corazón, el sonido que llevamos dentro durante el paso por esta tierra.

De esta manera, los patojos aprendieron que la música que escuchan a diario está compuesta de estos elementos que se mezclan y armonizan entre sí para lograr lo que llamamos “Música”.  Y que la misma se distingue y crea desde el interior, desde el corazón.

¡Abrazos!