¿Cómo describir las mil sensaciones que he vivido en Casa de la Esperanza?

Ya sé que es muy típico decir que me llevo mucho más de lo que he intentado ofrecer, pero es la verdad, me llevo risas, canciones, abrazos y amistades. Me llevo muchos momentos buenos y momentitos no tan buenos, aunque como siempre, pesa mucho más lo positivo que lo negativo.

Estos chicos son nobles, respetuosos, graciosos, buenos, trabajadores y aunque a veces son traviesos y no estudian mucho inglés (como cualquier chico de su edad), poseen unos valores verdaderos que hacen que llegues a quererlos en muy poco tiempo.

Reconozco que me ha costado ganarme su confianza, ya que soy un persona bastante tímida y reservada, pero al final ha merecido la pena.

Ha merecido la pena conocerlos, compartir mis horas y mis días con ellos, intentar enseñarles algo de inglés y algunas cosillas más en los distintos talleres y juegos, pero sobre todo ha merecido la pena “convivir” con ellos. Despertarme con sus voces y verlos irse a dormir después de un día duro de trabajo y estudio, siempre con una canción, unas risas y un “feliz noche” dicho con la mayor alegría que pueda existir.

Además no puedo expresar con palabras lo que sentí  cuando me organizaron la fiesta de despedida (gracias Andrea), ver llorar a esas patojas por mi partida es una de las cosas más grandes que me ha pasado nunca.

Sin duda, Casa de la Esperanza es un lugar dónde hay que venir, un lugar que debe crecer, un lugar que necesita mucha ayuda (sobre todo económica) y espero que en el futuro haya muchos más voluntarios y benefactores que apoyen esta asociación de la que depende la educación de muchos chicos que de otra manera no tendrían la oportunidad de recibir.

 

¡Hasta luego Casa de la Esperanza!