Un viaje se vive tres veces: Al prepararlo, al hacerlo y al recordarlo…

Cuando uno decide viajar hay varias opciones para elegir cómo hacerlo. Uno puede ser algo así como un “turista común”: tomar fotos, comprar, pagar por algún show, comer cosas “exóticas”, o ir a los lugares “turísticos” de moda, y así luego creer que uno conoce más el mundo. En lo personal, tengo mis dudas si esta forma de conocer es efectivamente conocer más en profundidad el mundo, sus matices, sus diferencias, sus diversidades y sus desigualdades… o al menos no es mi forma favorita de hacerlo, siento que hay algo que se “queda corto”. Lo bueno es que con el caminar, propio y de otros, uno descubre que hay muchas otras formas de viajar y descubrir el mundo y todos sus mundos.

Soy Ana, colombiana y migrante en Argentina, amo caminar, moverme, y escuchar historias. Llegué a la Casa Esperanza en compañía de mi compañero, Rober, sin embargo para ser precisos, nuestra experiencia comenzó tiempo antes de estar en Guatemala. A partir de las comunicaciones sostenidas previas al viaje con voluntarios que estaban en la escuela, que no fueron muchas pero sí muy importantes, nos manifestaron la necesidad de organizar la biblioteca de la institución, había muchos libros pero no se podían usar en su máximo potencial. Así, esta idea/necesidad se convirtió en nuestro proyecto, la meta era ¡HACER UNA BIBLIOTECA!.

En Argentina antes de viajar nos dimos a la tarea de investigar, leer, y llevarnos material de cómo se hacía una biblioteca. Desde este momento el aprendizaje empezó. También queríamos llegar con “los pies en la tierra”, entonces estuvimos leyendo y viendo videos de Guatemala, de su historia, su geografía y sus culturas. El viaje ya había empezado sin comenzar… esto es lo maravillosos de viajar de “otras formas”.

Llegando a Guatemala vi muchas semejanzas con mi país de origen y en general con Nuestra América, vi la resistencia, la dignidad y la fuerza de los campesinos e indígenas, vi las huellas de una guerra civil, vi la diversidad y la gran riqueza cultural, vi esa naturaleza salvaje amenazada por grandes proyectos de multinacionales.

¿Dónde vi todo eso? En muchos lugares, pero el principal, en el compartir cotidiano en la escuela con los chicos y los trabajadores, docentes y no docentes, con las cocineras puntualmente. Todo ello lo sentí en sus miradas y en la actitud curiosa y creativa de cada uno de esos estudiantes-trabajadores; en sus ganas de aprender y explorar el mundo; en sus saberes ancestrales tan a flor de piel y generosamente compartidos. ¡No me olvido de las enseñanzas para curar la fiebre que me contó Dani y el respeto al maíz que me infundió Rita haciendo tortilas!  Recuerdo con todo el cariño, como los chicos se tomaban el tiempo de enseñarme los números en quechi.

Sentí esa realidad también en la ausencia de agua potable, y en las dificultades para sostener estos importantes procesos educativos, no es fácil pedir orden, eficiencia y eficacia en donde se trabaja casi que por convicción porque es poco el recurso con el que se cuenta pero aún así siguen luchando, vi en últimas como las miradas y las prácticas colonizantes siguen vivas.

Este viaje me renovó las ganas de transformarme y de seguir trasformando, me hermanó con muchos otros ser humanos, diferentes y maravillosos… y ¿La biblioteca? La terminamos, con base de datos, sistema de clasificación y manuales para su uso… todo realizado entre todos los estudiantes y las cocineras. Cada uno aportó su granito de arena, un gran equipo… sólo puedo decir que amé la vida en la Casa Esperanza, así como dice la canción.

Ana Téllez